Las rabietas forman parte del desarrollo natural de todo niñ@. Lejos de ser un “mal comportamiento” o algo que tengamos que evitar, son una etapa necesaria, insustituible y profundamente valiosa.
Las rabietas son el momento en que l@s niñ@s aprenden a gestionar lo que sienten. Son una expresión de frustración, de cansancio, de deseo, de límites… y sobre todo, de inmadurez. El cerebro infantil necesita vivir estas experiencias para desarrollar la autorregulación emocional que más adelante le permitirá tolerar la frustración, esperar, calmarse, elegir cómo actuar.
Podemos decir que las rabietas son un entrenamiento emocional natural que la vida ofrece durante una ventana de oportunidad. No volverá a darse igual más adelante.





¿Qué pasa cuando les damos el móvil (u otra distracción)?
Muchas veces, por la necesidad de calmar rápido la situación o por no saber cómo actuar, recurrimos a un teléfono móvil, una pantalla, una golosina o cualquier otro recurso externo para “distraer” al niñ@ y cortar la rabieta.
Pero al hacer esto, interrumpimos el proceso natural de maduración emocional. Sin querer, enseñamos al niñ@ que necesita algo externo para calmarse. Que no puede con lo que siente. Que su malestar debe ser evitado a toda costa.
Hoy será el móvil…
Mañana puede ser el azúcar, los videojuegos, el consumo compulsivo…
Y en la adolescencia o adultez, incluso una sustancia adictiva.
Calmar no es distraer. Calmar es acompañar desde la presencia. Es sostener emocionalmente al niñ@ para que sepa que puede atravesar lo que siente… y salir del otro lado con mayor fortaleza.

¿Qué necesita un niñ@ en plena rabieta?
No necesita que le distraigan, ni que le griten, ni que lo razonen.
Necesita un adulto sereno, disponible, que no huye ni se altera. Un adulto que respeta lo que está ocurriendo dentro de él/ella y que está dispuesto a acompañar, no a controlar.
La rabieta pasará. Siempre pasa. Y cuando eso ocurra, será el momento ideal para:
- ofrecer contacto físico (si lo acepta),
- mirarle con cariño,
- decirle que le comprendemos,
- y mostrarle que seguimos ahí, a su lado.
Así se construye la autorregulación. No desde el castigo ni la evitación, sino desde la co-regulación: un cerebro inmaduro que aprende junto a otro más maduro, seguro y estable.
¿Y en el caso del autismo?
Todo lo anterior también es válido para niñ@s con autismo. Sin embargo, hay algunos matices importantes que las familias necesitan conocer.
- En algunos casos, las rabietas no aparecen en el momento esperado del desarrollo. Hay niñ@s con autismo que parecen muy tranquilos, y cuando llegan las rabietas más adelante, los padres se asustan. Pero la aparición de las rabietas es una señal positiva: el sistema nervioso está avanzando, y con ello, la capacidad de expresar el malestar.
- En otros casos, sucede lo contrario: las rabietas son muy frecuentes, intensas y se dan a cualquier edad. Aquí ya no estamos hablando de una etapa, sino de un sistema nervioso y sensorial desbordado.
Esto puede deberse a:
- Una inmadurez neurológica,
- Una sobrecarga sensorial (hiper/hiposensibilidad),
- Dificultades en la comunicación,
- O incluso desequilibrios biológicos como toxicidad o inflamación.
¿Qué hacer cuando las rabietas son constantes?
Cuando las explosiones emocionales son diarias, agotadoras, y afectan a toda la dinámica familiar, no basta con aplicar los consejos clásicos. Es necesario ir más allá:
✨ Organizar el sistema nervioso del niñ@ con técnicas de neurodesarrollo infantil.
✨ Revisar posibles causas sensoriales o biológicas que estén detrás del desborde.
✨ Acompañar desde una mirada personalizada y comprensiva, que no normaliza el sufrimiento pero tampoco lo etiqueta.
✨ Y sobre todo, fortalecer a la familia, que necesita sentirse comprendida, guiada y cuidada en este proceso.

En resumen
Las rabietas no son el enemigo. Son una parte inevitable y valiosa del crecimiento.
No las evitemos. No las tapemos.
Acompañémoslas. Sostengámoslas. Aprendamos a estar.
Porque cuando un niñ@ vive sus emociones acompañado con respeto y amor, está desarrollando herramientas para toda la vida.
Y eso, no lo enseña una pantalla. Lo enseña una mirada. Una mano. Una presencia que no huye.
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