Qué nos dicen los NIÑOS FERALES de la PLASTICIDAD CEREBRAL

 

La plasticidad cerebral es la capacidad que tiene cerebro, especialmente el cerebro joven en el niño pequeño, de moldearse para adaptarse a cualquier circunstancia que se encuentre. Crea herramientas neurológicas en esos primeros años para que podamos funcionar después el resto de nuestra vida. Por esto son tan importantes las etapas tempranas en el desarrollo.

La naturaleza es inteligente y ha hecho que nuestro cerebro esté preparado para amoldarse y para crear esas conexiones, esos circuitos neuronales, esas herramientas neurológicas, muy tempranamente. No espera que el niño tenga 12 años para crear patrones de funcionamiento. Sino que, desde el mismo comienzo, el cerebro está abierto a toda la estimulación que recibe del entorno y creará maneras de funcionar para lo que el niño esté viviendo en cada momento.

Sabemos que la estimulación que recibe el niño del ambiente tiene un gran peso en su desarrollo cerebral, incluso más que la propia genética. Esto lo sabemos por muchos estudios realizados, pero también gracias a los niños ferales.

No está permitido hacer experimentación con los niños de modo que les aislemos de estímulos para ver qué pasa. La naturaleza a lo largo de la historia, sin embargo, ha hecho sus propios experimentos en los niños ferales. Niños del “experimento prohibido”, niños que se criaron sin estimulación humana, sin la estimulación que consideramos más básica y necesaria para que una persona se convierta en un ser humano pleno.

Estos niños se criaron con animales en el bosque o la selva, o incluso dentro del propio hogar (donde fueron alimentados mínimamente para mantenerse con vida, pero no recibieron los estímulos suficientes por parte de sus cuidadores). Gracias a estas terribles experiencias hemos podido comprobar los resultados de la falta de estimulación en el cerebro humano en esos primeros momentos de la vida.

Hay casos muy conocidos, algunos bastante recientes y bien documentados.

Varios fueron niños criados por lobos, cabras o perros… Todos ellos se comportaban como los animales que los habían cuidado y con los que habían convivido. Dándonos así muestras de lo increíble que resulta la plasticidad del cerebro humano joven. Esto es solamente posible en el cerebro del ser humano, pues el de un animal no tiene esta capacidad. Un perro, por ejemplo, por mucho que conviva con personas, nunca podrá comportarse como ellas. Sin embargo, un niño sí es capaz de adaptarse perfectamente a las circunstancias en las que vive, aunque se alejen bastante de lo que consideramos “humanas”.

Como decíamos, otros casos se han dado dentro del entorno de las personas y no de los animales. En los años 70 supimos del más conocido de todos: Genie. Genie era una niña que fue encerrada en una habitación oscura por su padre. Se pasaba las horas sentada y atada a un orinal. Genie se crió prácticamente sin ninguna estimulación durante los 13 años que tardó en ser descubierta. Apenas podía caminar y no hablaba.

Genie fue un caso muy seguido y al cual se dedicó mucho esfuerzo (quizá no de la manera más adecuada para ella), sin embargo, no lograron que Genie utilizase adecuadamente el lenguaje ni otras muchas cuestiones como relacionarse o adaptarse a las normas sociales como lo harían la mayoría de las personas. Se consiguió que aprendiese palabras sueltas que correspondían a los objetos que ella conocía, pero nunca lograron que realizase frases o que llegase a poder mantener una conversación.

Lo que nos muestran los casos como Genie y otros como el del niño del bosque de Aveyron, Daniel el niño cabra, Oxana Malaya criada con perros… es que hay un momento para determinados aprendizajes en la vida. Momentos clave o períodos sensibles para adquirir determinadas funciones, habilidades o destrezas y que llamamos “ventanas de oportunidad”. Son momentos en los cuales el cerebro está abierto para esos aprendizajes concretos y puede crear conexiones y circuitos neuronales para los mismos.

Hay un momento para aprender a caminar, un momento para aprender a hablar… para muchas otras cosas como adquirir nociones espaciales, por ejemplo.

Necesitamos de la estimulación adecuada para poder adquirir esas destrezas y esta estimulación debe darse en el momento adecuado. No vale cualquier momento.

Se ha comprobado que estos niños ferales tenían más probabilidades de poder llegar a caminar erectos o de hablar si se les descubría siendo aún muy jóvenes. A cierta edad se hacía más difícil. Cuanto más se alejaban estos niños de la edad en la que los niños normalmente aprenden a caminar y a hablar, más difícil era que lo lograsen.

Lo curioso es que todos nacemos con áreas cerebrales específicamente destinadas a la función del lenguaje, por ejemplo. Sin embargo, si un niño no recibe los estímulos adecuados mientras está creciendo y desarrollándose en esos momentos del periodo sensible para el lenguaje, no lo desarrollará a pesar de contar con estas áreas cerebrales.  

Es importantísimo que cuidemos del desarrollo de nuestros niños desde la misma concepción. Ofreciéndoles un entorno rico en estímulos adecuados, entre ellos el amor y los cuidados que todos merecen y tanto necesitan para crecer como seres humanos equilibrados y con una buena autoestima. Sintiéndose felices y capaces. No hay nada que nos fortalezca tanto como personas que sentirnos capaces. Y ahora sabemos que nuestras capacidades dependen en gran medida del desarrollo alcanzado a muy tempranas edades.

Rosina Uriarte

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